El caso ‘Starship Troopers’: ¿qué hacer con “un panfleto ultraderechista” de 100 millones de dólares?
La incomprendida película de Paul Verhoeven, que mezclaba insectos gigantes con una fina parodia del mundo militar, vuelve a ser actualidad tras conocerse que, casi 30 años después, Columbia Pictures planea una nueva adaptación de la historia


El cine de ciencia ficción nos ha mostrado dos genocidios acogidos por sus víctimas indirectas con desconcertante indiferencia. El primero, la destrucción, en La guerra de las galaxias: Episodio IV - Una nueva esperanza de Alderaan, no un islote perdido en la inmensidad del océano ni una pedanía desértica, sino todo un planeta con millones de habitantes. En lo que la Wookiepedia describe como “uno de los actos más crueles y viles del Imperio Galáctico”, el Gran Moff Tarkin, almirante de la Estrella de la Muerte, reduce a escombro sideral todo un cuerpo celeste en una fracción de segundo, causando, de paso, “una intensa conmoción en la Fuerza”, pero no en Leia Organa, princesa de Alderaan, que encaja la extinción del mundo que la vio crecer con encomiable estoicismo.
La segunda hecatombe es la destrucción del Buenos Aires del siglo XXIII tal y como nos la muestra Starship Troopers. Esta vez, quien perpetra semejante desafuero es una potencia arácnida del espacio exterior, suscitando en dos de los protagonistas de la película, Juan Rico (Casper van Dien) y Carmen Ibáñez (Denise Richards), bonaerenses ambos aunque, curiosamente, hablan inglés uno con acento de Florida y la otra de Illinois, un leve disgusto que se disipa felizmente en un par de escenas. Borges consideraba Buenos Aires “tan eterna como el agua y el aire”, pero la película de Paul Verhoeven, ese irreverente contumaz, se permitió el lujo de borrarla del mapa en un instante y sin la menor reverencia.
Estos días, Sony y Columbia Pictures acaban de confirmar que el remake de Starship Troopers ya está en marcha. Va a dirigirlo el sudafricano Neill Blomkamp, responsable de la espléndida District 9 (2009) y las notables Elysium (2013) y Chappie (2015), y la producirá su pareja y cómplice habitual, la canadiense Terri Tatchell. Aunque apenas han trascendido detalles concretos sobre el proyecto, Columbia ha insistido en presentarlo como una adaptación fidedigna de la novela de Robert A. Heinlein en la que se basó la película original.

Publicada por vez primera en 1959, Tropas del espacio, ganadora del premio Hugo a la mejor novela de ciencia ficción, es la crónica un tanto desquiciada del conflicto entre la Federación Terrícola y una raza de insectos guerreros procedente del planeta Klendathu. La novela adopta la perspectiva del recluta argentino Juan Rico e incurre, de la mano de su protagonista, un joven patricio de ideas reaccionarias, en la apología deliberada del caudillismo y las dictaduras militares, del belicismo extremo, la dictadura militar, el sufragio selectivo (solo deberían tener derecho a voto los que estuviesen dispuestos a arriesgar la vida por su patria), los castigos corporales o la pena de muerte.
En realidad, tal y como explicaba Calum Marsh en un exhaustivo artículo en The Atlantic, si algo tuvo claro Verhoeven cuando empezó a trabajar en Starship Troopers es que no tenía la menor intención de mantenerse “fiel” a la letra o el espíritu de la novela de Heinlein. Es más, al director le bastó con una lectura en diagonal de los dos primeros capítulos para concluir que se trataba de “un soporífero panfleto ultraderechista”. Si aceptó dirigir la película es porque contaba ya con un primer borrador del guion, escrito por uno de sus guionistas de cabecera, Edward Neumeier, autor, entre otros, del libreto de RoboCop (1987), uno de los grandes éxitos de Verhoeven, y el texto de Neumeier era una deconstrucción aguda e inmisericorde de la torpe diatriba militarista de Heinlein.
Cuando Verhoeven empezó a rodar Starship Troopers, en abril de 1996, su carrera en Hollywood acababa de entrar en un preocupante bache. Nacido en Ámsterdam en 1938, el director neerlandés se había dado a conocer a los 30 años con una serie de época, Floris, en la que contó por vez primera con el que acabaría siendo su actor fetiche, Rutger Hauer. Tras éxitos en su país natal como Delicias turcas, Una novia llamada Katy Tippel, Eric, oficial de la reina, Vivir a tope o El cuarto hombre, Verhoeven cruzó el charco para hacerse cargo de la cruda Los señores del acero, de nuevo con Hauer a bordo.

Luego vendrían tres grandes éxitos de una tacada, la citada Robocop, Desafío total e Instinto básico, y, justo a continuación, un primer fracaso, Showgirls (costó alrededor de 50 millones de dólares y recaudó apenas 35), incomprendida en su día y considerada hoy película de culto. Más aún, perdió un tiempo precioso en involucrarse en proyectos abortados, como Crusade, de la mano de Arnold Schwarzenegger y la infausta productora Carolco Pictures, o Mistress of the Sea, un hiperbólico y muy mal calibrado intento de revitalizar el cine de piratas que acabaría también en agua de borrajas.
En primavera de 1996, Verhoeven era muy consciente de que se estaba jugando su carrera en Hollywood a una carta y que esa carta iba a ser Starship Troopers. Dadas las circunstancias, parecía sensato ceñirse a lo que las productoras, TriStar Pictures y Touchstone, le pedían, dejarse de estrategias de deconstrucción posmoderna, segundas lecturas y agendas ocultas e invertir los más de 100 millones de dólares disponibles en convertir la novela de Heinlein en un blockbuster de acción raudo, veloz y sin grandes pretensiones. Pero Verhoeven y Neumeier insistieron en perseverar en esa tercera vía, entre el espectáculo y la sátira social de altos vuelos, que ya habían transitado juntos con Robocop.
Historia de un gigantesco equívoco
El proyecto estuvo a punto de ser cancelado tanto en verano de 1994 como en primavera de 1995, cuando empezó a resultar obvio para todos lo implicados que Verhoeven tenía en mente una película muy distinta a la prevista por las productoras. El director jugó su mejor baza, la de las criaturas arácnidas diseñadas por el mago de los efectos visuales en stop motion Phil Tippet, y presentó a TriStar, en noviembre de 1994, una breve secuencia filmada en el parque californiano de Vasquez Rocks, apenas un par de minutos que costaron cerca de un cuarto de millón de dólares.

TriStar acabó aceptando, con un presupuesto ligeramente corregido al alza, pero no sin antes exigir un nuevo borrador del guion que redujese la dosis de sátira en beneficio de la acción pura. Otro peaje tuvo que ver con el reparto, que iba a contar con actores jóvenes de primer nivel seleccionados por el propio Verhoeven, como Matt Damon, Mark Wahlberg, Chris O’Donnell o Christian Slater, pero acabó repleto, por razones más pecuniarias que artísticas, de meritorios con carrera previa en la televisión o las pasarelas, de Denise Richards a Neil Patrick Harris pasando por Casper van Dien, Seth Gilliam o Dina Meyer. Solo uno de lo habituales en el cine de Verhoeven, el veterano Michael Ironside, sobrevivió a la invasión de rostros jóvenes y fotogénicos procedentes de series como Melrose Place o Sensación de vivir.
El rodaje, francamente accidentado, se realizó en lugares como Long Beach (California) o el parque natural de Hell’s Half Acre en Wyoming, que se convirtió así en el escarpado e inhóspito planeta Klendathu, sede del enfrentamiento decisivo entre las tropas de élite humanas y las criaturas insectoides responsables de la destrucción de Buenos Aires. En mayo, en una jornada de puerta abiertas a la que habían acudido varios periodistas, se produjo un desgraciado accidente: un atropello masivo en el que murieron el conductor de un camión de transporte y dos miembros del equipo de producción y resultó gravemente herida la presentadora de televisión Rachel Campos, novia de uno de los fallecidos.
Veneno para la taquilla
A esas alturas, Starship Troopers arrastraba ya una leyenda infausta. No ayudó que Verhoeven, demasiado propenso a la provocación, afirmase en las entrevistas promocionales que se había inspirado en el “gran cine” de la simpatizante nazi Leni Riefensthal para llevar el género bélico a “una nueva dimensión”.

Wim Wenders dijo en cierta ocasión que la sutileza y la ironía cinematográficas son “lenguas muertas” porque los espectadores, enfermos de literalidad, hace ya unas cuantas décadas que han dejado de hablarlas. Algo así le ocurrió a Starship Troopers, interpretada en su momento por crítica y público como una apología del militarismo chovinista que sus autores intentaron escarnecer con inteligente saña. Tuvo un arranque prometedor en taquilla, pero acabó lastrada por la mala prensa para acabar en cifras de recaudación muy alejadas de las expectativas.
Verhoeven reconocía, años después, que su estrategia de apropiación de las armas del enemigo (una estética fascista, la frívola vacuidad de la televisión de mediados de los noventa, la publicidad, la por entonces en auge industria del videojuego) había resultado demasiado osada. Tras dirigir otro fracaso más en Hollywood, El hombre sin sombra, sus ilustres padrinos yanquis perdieron la paciencia y lo enviaron de vuelta a Europa, donde ha seguido haciendo inspirados equilibrios sobre la dúctil cornisa que separa lo sublime de lo ridículo.

Cualquier que se plantee adaptar, a estas alturas, la Starship Troopers de Heinlein debería ser muy consciente de que maneja material delicado, potencialmente radiactivo, y no perder de vista el ejemplo de Verhoeven. De ahí que la pretensión de Columbia de adaptar la novela de manera fidedigna resulte, como mínimo, sospechosa. ¿Qué quedará de esta formidable sátira si le extirpas la dosis de ironía que le dio sentido?
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